La piedra de Rosetta: Parte 5 – El templo de la Sabiduria

on 12 febrero, 2016 in Sesiones de juego

DadoWilliam Shield les fue contando toda la historia mientras volvían a través de las ciénagas hasta la colina del templo, al Sur. Por lo menos algunas cosas quedaron aclaradas, pero William era reacio a contar todo lo que sabia, hasta que Lancia le devolvió su valioso diario sin exigirle nada a cambio, a pesar de las caras de desaprobación de Nori y Frank.

Ese gesto, que en el fondo William ya se esperaba y por tanto no pilló por sorpresa, le hizo revelar quizás más de lo que debiera. Pero parecía confiar en los muchachos.

Según su historia, la primera expedición fue enviada a explorar las selvas del Sur de forma oficial, con el beneplácito de la Marquesa, pero los descubrimientos con los que regresaron obligaron a cierto grupo de gente para la que trabajaba (y esto lo dijo señalando la portada de su diario) a mantenerlos en secreto y organizar una segunda expedición a espaldas de la dirigente de Carabás.

 

Los informes oficiales de la primera expedición se falsearon, y su historia es pública: Los nativos hostiles, las fiebres y el Lago Bolazul. Pero lo que los exploradores descubrieron fue más. Concretamente las ruinas de un templo, el que esta situado en lo alto de la colina hacia donde se dirigían, y los extraños monstruos denominados por la tribu local como los “hermanos”. Él mismo fue designado como líder de esta segunda expedición, debido a su experiencia y liderazgo, y porque estaba más o menos familiarizado con las ruinas que se suponía iban a explorar. La gente a la que siempre hacia referencia William sospechaba, por la descripción de los grabados y las columnas que rodeaban al templo, que el templo era Arisazi, y que de algún modo contendría información valiosa acerca del pasado de Carabás y la extraña raza que al parecer lo fundó. Su misión era comprobar su existencia, tratar de acceder a su interior y rescatar, en secreto, toda la información posible.

Pero su misión no pudo completarse, porque fueron sorprendidos en el campamento base, en el Lago Bolazul, por una horda de “Hermanos”. A pesar de que hubiera sido muy fácil acabar con toda la expedición, William se sorprendió al percatarse, tras despertarse ya colgado boca abajo en su cubil de la ciénaga, que los “Hermanos” los querían vivos. Tras sufrir los interrogatorios de su líder durante días, William consiguió averiguar que estas criaturas ansiaban acceder al templo también, con lo que supuso que las protecciones del enclave impedirían el paso a cualquier ajeno a ellas. Pero su líder pensaba, erróneamente, que William y su equipo podrían superar esas protecciones y permitirles entrar. William, sabiendo que lo único que les mantendría con vida era continuar con el engaño, les “confesó” que podrían entrar, pero debían ir todos juntos al templo para abrirlo, salvando así también a sus hombres y ganando algo de tiempo hasta que se le ocurriera algo mejor. La llegada de los jóvenes héroes fue mas que providencial, pues no acababa de encontrar ningún plan en el que pudieran derrotar a un ejercito de hombres bestia , estando atados boca abajo y desarmados…

 

Las preguntas de los chicos no cesaban, y William trataba siempre de hablarles lejos de sus propios hombres, que descansaban muy a menudo debido a la fatiga. Las preguntas claves eran siempre sobre esa “gente” de la que Shield hablaba. El viejo aventurero siempre trataba de evadir las respuestas, pues afirmaba que “La centuria Argentea”, que es como se denominaba esta sociedad secreta, tenia personas capaces de detectar todas las mentiras y era imposible ocultarles nada. Ese era el motivo por el cual, a pesar de repetir en muchas ocasiones que confiaba mucho en ellos, le era imposible revelar información. Pero también dijo que no pondría obstáculos si eran capaces de averiguar cosas solos.

Tras el viaje y las charlas con Shield, los chicos empezaron a pensar que esa sociedad secreta, con la que al parecer habían topado alguna ocasión, no parecía estar en contra de la propia ciudad, al menos no de forma evidente.

 

Cuando llegaron de nuevo al templo, montaron un campamento mas elaborado para poder descansar secos y seguros. Nori observaba el cielo, y la enorme tormenta con reflejos verdes que parecía invadir rápidamente el cielo desde el centro de la ciénaga. No le gustaba nada su aspecto. De hecho, a nadie le gustaba, todos miraban intranquilos el fenómeno, pero nadie parecía comentar nada al respecto. Lancia examinó por última vez el estado de los hombres de Shield, que parecían estar simplemente muy fatigados, y William le exigió una tienda para él solo. A pesar de la extraña petición, Lancia accedió, y al poco rato Yamu y Frank decidieron buscar leña en los alrededores. Se lo habían pedido también a Nori, pero este simplemente sonrió sarcásticamente mientras se sentaba en el suelo cruzando las piernas y llevándose las manos detrás de la cabeza, reclinándose. Tomaron eso como una negativa.

En cuanto estuvieron solos en el campamento, William llamó a Lancia y Nori a la tienda, mientras Harry trataba de pasar desapercibido, como solía hacer cuando había trabajo, quedándose a cubierto cerca del improvisado fuego para el que buscaban mas leña. Lejos de sus hombres y del propio Frank, William parecía más hablador. Les dijo a los dos civiles que a pesar de que confiaba en ellos, Frank podría ser un problema, pero no dijo porque. A Lancia esto le molestó un poquito, pero Nori puso cara de ya saber de lo que estaba hablando: Frank se pasaba mucho tiempo hablando con Noorgard, y era evidente que era su protegido. William no lo estaba diciendo claramente, pero ambos sospecharon que lo que quería decir es que Noorgard estaba en el ajo, y por tanto de alguna forma, Frank también. William también les dijo que si investigaban el templo, sus hombres lo tratarían de impedir, y además informarían de sus acciones a la Centuria. Es más, seguramente, en cuanto se recuperaran, estos querrían seguir con su misión.

Lancia y Nori querían explorar el templo, eso estaba claro. El viejo de la tribu ya les había dicho que tendría muchas claves del pasado Arisazi, y lo poco que habían descubierto era ya revelador. Querían saber que había dentro, ya que sospechaban que si la Centuria Argentea se hacia con esos conocimientos, se quedarían ocultos para siempre. Tras pensar un rato, a Nori se le ocurrió un plan diabólico, que para variar, a Lancia le encantó.

 

Dado que Nori era un experto buscando y preparando hierbas salvajes, recordó que por la base de las colinas húmedas de estas latitudes podría encontrar raíces alucinógenas. No causaban más que mareos, alucinaciones e incapacitaban a la gente durante horas, aunque después se levantarían descansados y relajados. Si preparaban las hierbas y Lancia les convencía de que en realidad eran un remedio a las fiebres de las que se habían contagiado, se las tomarían voluntariamente, y atribuirían los efectos de las hierbas a las falsas fiebres. Como al día siguiente se levantarían en perfecto estado, encima les darían las gracias porque el remedio funcionara tan bien. Mantendrían a William apartado en otra tienda, diciendo que el estaba peor y necesitaba mas tranquilidad.

 

No fue ningún problema para Nori encontrar las raíces, ni para Lancia convencer a los soldados…

 

Cuando Yamu y Frank regresaron, Lancia y Nori les contaron el plan. Disponían de unas horas, suponían que mas que suficiente, para explorar el templo en secreto. Nori planteó de súbito dejar a Frank fuera del grupo de exploración, pero Lancia se negó. Ambos se enfrascaron en una discusión que ya estaba llegando a ser típica en ellos, pero al final se llegó al acuerdo, también típico, por el cual Frank podría ir con ellos, pero Nori le dispararía si hacia algo sospechoso sin dudarlo…todo el mundo quería creer que Nori estaba bromeando.

 

Hacia muy poco tiempo que habían explorado el exterior del templo, e incluso habían revisado su interior, así que estaba claro que las defensas de las que William había hablado estaban reactivadas, posiblemente debido a que el terremoto que Shield anotó en su diario derribó una de las columnas cubiertas de runas. Ese mismo terremoto parecía haber abierto una grieta a través de la que podrían caber, según dijo Nori mientras trababa sin éxito de ver que es lo que había al fondo. A nadie le atraía esa idea, así que optaron por revisar mejor el interior del templete.

 

Ya habían revisado las paredes, repletas de grabados y runas que se movían cuando Yamu se acercaba, así que lo único que además había era el pedestal. Le faltaba algo en su parte superior, algo que al parecer se había desencajado recientemente, así que los chicos sospecharon que podría ser algún tipo de llave, y por tanto, esto debía ser algún tipo de entrada. Rebuscando concienzudamente, esta vez Nori descubrió que, en efecto, el pedestal era móvil, según revelaban unas apenas imperceptibles marcas de arrastre en el suelo. Pero sin la supuesta llave, la única forma de abrirlo era por la fuerza.

 

Fuerza no le faltaba al grupo, eso estaba claro. Y si a Yamu le hiciera falta un poco más de fuerza aún, siempre se podía disponer de Lancia. A los chicos no les gustaba pedirle a una linda, joven y hermosa dama bailarina que les echara una mano con los trabajos pesados, por lo que trataban siempre de evitarlo. Pero había que reconocer que Lancia había heredado de su padre, Vespero, conocido como el hombre mas fuerte del mundo (aunque es muy posible que ese apelativo fuera una exageración) una fuerza descomunal y casi sobrenatural a pesar de su aparente fragilidad. Pero esta vez a Yamu le bastó, aunque el pedestal se movió mucho menos de lo que esperaba.

 

La abertura que había dejado el pedestal, suficiente para que la esbelta Lancia y el pequeño Nori pasaran, quizás daría algunos problemas a los chicos, Yamu, Frank y Harry. Había unos escalones de piedra blanca muy hermosos y pulcros, pero del hueco salía un terrible olor a humedad. Como era de esperar, Lancia y su habilidad para contorsionarse, y Nori y su facilidad innata en los lugares estrechos y subterráneos, accedieron sin problemas. Para indignación de Frank, Yamu pasó su escultural cuerpo élfico a través de la abertura con facilidad pasmosa, y Harry, untándose previamente en el aceite que Yamu llevaba encima, también consiguió pasar… y posar semidesnudo delante de Lancia. Frank, como no, fue el único que tuvo algunos problemas para entrar, y sufrió unas pocas rozaduras en su cuerpo y en su orgullo.

 

Una vez abajo, y tras haberse acostumbrado a la semioscuridad, los chicos vieron que se encontraban en medio de un vestíbulo amplio, sin ornamentar, que daba acceso a cuatro pasillos. El suelo no se podía ver, porque el agua llegaba hasta casi las rodillas (un poco por encima de las de Nori), y se escuchaban sonidos de caída de agua que venían del pasillo sur. Nori también escuchó extraños gemidos, y aviso a los muchachos que era muy posible que no estuvieran solos en el subterráneo.

Decidieron acercarse al lugar de donde venia el sonido de caída de agua, y enfilaron el corredor amplio, que acababa en una enorme sala repleta de plantas y árboles. Era como un inmenso jardín o huerta, pero bajo el suelo. Los chicos revisaron con cuidado la especie de pantano en lo que se estaba convirtiendo este jardín, tratando de no separarse mucho. Descubrieron que el agua se filtraba desde el techo, a través de una enorme grieta, que posiblemente era la misma que había fuera del templo. Si se hubieran descolgado por allí, hubieran caído aquí directamente. Justo al lado de la grieta, en el techo, había un enorme artefacto que parecía un racimo de esferas de cristal. Aún brillaba tenuemente, y Harry les explicó que era muy posible que fuera algún tipo de sol artificial para las plantas, y que estaba encendido hasta hace muy poco, pero ahora no tenía energía. Había muchas cosas que investigar, pues Frank y Yamu habían encontrado un par de puertas a lo lejos, pero Nori dio la voz de alarma cuando descubrió a una sibilina y gigantesca serpiente acercándose con intenciones hostiles hacia Lancia.

El grito hizo no solo que los chicos se pusieran en guardia de inmediato, sino que la serpiente gigantesca se levantara del agua enfrente de la pelirroja y se irguiera hasta superarla en altura. Con un gesto de sus manos, Lancia indicó a los muchachos que trataran de no moverse demasiado. Mientras Lancia trataba de encandilar a la enorme y extrañada serpiente con unos curiosos y casi hipnóticos movimientos, los muchachos prepararon sus armas. Cuando, finalmente la serpiente recobró su afán por matar, Lancia la esquivó sin problemas, mientras Nori descargaba su rifle y Frank la cubría lanzando un buen chorro de agua a presión desde su bastón mágico. Yamu y Frank cargaron contra la serpiente, aturdida por el ataque sorpresa, cuando era ella la que esperaba ser la que lo hiciera, y la pelea no duró mucho. A Lancia le dio mucha pena tener que matar a un ser, a su parecer, tan hermoso, pero nadie la consoló. Quizás Nori un poco, porque se quedó a su lado unos momentos, hasta que le dijo que se alejara un poco porque iban a aprovechar la pieza. Harry acompañó a Lancia con cuidado a través del jardín, mientras Frank trataba de obtener trozos de piel de serpiente para futuros trabajos en cuero, sin mucho éxito pero si con muchas criticas gratuitas de Nori, que a su vez cortaba algunas piezas de carne suculentas para cocinar mas tarde. Se supone que debería saber a pollo…

 

Lancia no ocultaba su disgusto y desaprobación ante la crueldad demostrada con una inocente serpiente, y trababa a la vez de no hablarles y de no parar de criticarles por lo que habían hecho. Y era curioso como conseguía hacer las dos cosas a la vez. Tratando de no hacerle mucho caso (cosa que también era muy difícil), se acercaron, vigilando, hasta la puerta del fondo. La sala parecía una caseta de jardinero, llena de aperos de labranza, oxidados e inútiles, pero usados durante mucho tiempo. Nori descubrió un doble fondo en el armario de las herramientas, y Frank votó por Yamu para que entrara en el armario, tratando de hacer una broma sobre los elfos y su virilidad. Pero el caso es que Yamu, lejos de amedrentarse, aceptó la orden, y accedió a la sala del otro lado del armario. Resulto ser una especie de sala de tesoro, con algunos objetos útiles aun en buen estado. Pero lo más llamativo fue encontrar en una caja metálica 7 esmeraldas idénticas, perfectas, encajadas perfectamente en una especie de acolchado. Nori y Lancia, también experta autodidacta en gemas, las examinaron. Eran demasiado perfectas para ser naturales, y encima eran totalmente idénticas. El hecho de que fueran, además, esmeraldas, y que refulgieran con un color verde tan intenso, ese color tan presente en la cultura Arisazi, hicieron pensar que debían haber sido fabricadas de algún modo. Mientras Yamu, Nori y Lancia recordaban el incidente de las cabras que creaban joyas en Carabás, Frank observaba como los ojos verdes de sus compañeros brillaban con una extraña fuerza…

 

Había otra puerta evidente en la pequeña sala, y Yamu volvió a pasar primero. Accedieron a una sala que parecía un salón comedor, con una gran mesa y cubiertos dispuestos para 6 personas, pero completamente cubiertas de polvo y suciedad debido al paso de los años. Las paredes estaban adornadas con 6 retratos muy realistas de 6 personas que parecían altos elfos, pero con los ojos mas grandes y almendraos, orejas mas largas y cabeza mas alargada y apepinada. Sin duda debían ser Arisazi, posiblemente los seis que se refugiaron aquí. Lancia rasgo con cuidado los lienzos para llevárselos consigo sin  dañarlos, porque no quería dejar que se pudrieran si el agua subía y acababa por inundar los subterráneos.

 

Salieron de nuevo al vestíbulo a través de la puerta oficial del comedor y se enfilaron a un nuevo pasillo ciego, al que asomaban seis puertas. Las primeras 3 estaban abiertas y resultaron ser habitaciones privadas, muy posiblemente de los seis Arizasi de los cuadros, que eran, obviamente, los habitantes de este complejo. Según las historias que el viejo Hijo de las estrellas, Somak, les había contado, estos Arisazi serian casi seguro los que enseñaron a la tribu, los que vaticinaron la extraña catástrofe que iba a ocurrir, y los que se ocultaron por tanto en este templo subterráneo. Se supone, entonces, que su esperanza de vida seria muy elevada, sino inmortales y este era una especie de refugio. Las habitaciones estaban bien equipadas y con muestras de haberse usado a menudo. Tenían incluso algunos útiles de ocio, como un ajedrez finamente tallado que los chicos recogieron con  cuidado y utensilios mas bien mundanos, como un espejo de metal, muy útil para llevarse de campaña y evitar roturas, al tiempo que puedes continuar maquillándote sin problemas…

Pero al abrir la cuarta puerta, encontraron que el aparente cadáver reseco que debía descansar en la cama, se levantó de un salto y les atacó sin mediar palabra. La sorpresa y un poco también el asco por el encuentro hizo que fuera más difícil de lo normal acabar con la criatura. Esta se movía con una velocidad extrema, e incluso a Lancia le costaba esquivar sus golpes. Luchaba con las manos desnudas, y vestía túnicas de trabajo, aunque muy viejas y desgastadas, también muy ornamentadas. Parecía casi un uniforme. Acabaron por derribar a la extraña criatura y la examinaron con algo de cuidado. Estaba claro que era algún tipo de muerto viviente, y por su aspecto parecía uno de los Arisazi. Ahora sabían que al menos uno de ellos estaba muerto, pero aún faltaban otros cinco, al parecer.

Las dos últimas puertas del fondo estaban cerradas, cosa que extraño a los chicos. Frank abrió una y Lancia la de enfrente, y comprobaron que también eran habitaciones privadas, pero estas estaban recogidas, con los armarios y muebles vacíos, y las camas sin vestir, únicamente con el colchón desnudo y las mantas y sabanas perfectamente dobladas en montones encima. Ambas habitaciones habían sido recogidas hace muchísimo tiempo, como si sus inquilinos no las fueran a necesitar mas…

 

De vuelta al vestíbulo central, los chicos empezaban a tener una idea de lo que había pasado. Seguramente encontrarían mas de esos cadáveres animados, y eso a Lancia no le hacia mucha gracia. Harry trataba de quitar hierro al asunto, haciendo bromas y mostrando sus músculos para que Lancia se distrajera, lo cual no le gustaba en absoluto a Frank, mientras el grupo se encaminaba al tercer pasillo. Y justo cuando entraban en lo que parecía una moderna cocina, escucharon con horror unos sonidos guturales, y vieron, en lo alto de un estante repleto de conservas envasadas, a una de estas criaturas, un muerto Arisazi, que estaba devorándolas encaramado entre el último estante y el techo. Todos se quedaron horrorizados ante la visión, Lancia gritó, y antes de que nadie pudiera reaccionar, Harry ya había disparado un rayo de agua brutal, que impactó en la criatura con tanto tino, que le aplastó la cavidad torácica. Antes de que Lancia acabara de gritar, la criatura cayo inerte al suelo. La gente empezó a reírse de la situación, pero a Lancia continuaba sin hacerle ninguna gracia encontrarse de golpe con criaturas tan horribles. No era en absoluto miedica, de hecho su valor solo era comparable con su fuerza y también eso lo había heredado de su padre…pero otra cosa era la repulsión y el asco que muchas de las cosas que estaba encontrando le daban. Aún así, mientras los muchachos revisaban la cocina y Yamu se llevaba algunas conservas mientras discutía con Frank sobre su comestibilidad, Lancia empezó a pensar que la gesta de Harry y la situación que acababan de vivir quedaría muy bien en un relato de prosa poética gótico…empezó a pensar, a maquinar.

 

La cocina no tenia ningún interés, salvo para Yamu y sus aficiones culinarias, así que tras encontrarse con el segundo habitante del complejo, buscaron más salas interesantes. La cocina daba a otra gran sala que parecía una mezcla entre comedor y sala de descanso, repleta de trofeos y obras de arte. Como los chicos habían conseguido en alguna de sus correrías u cofre que podía disminuir su peso y tamaño, les estaba siendo muy útil para recoger los objetos que les parecían más interesantes. Tras este gran salón había una gran biblioteca.

 

El techo de la biblioteca era más alto que el del resto del complejo, con lo que era de suponer que el espesor de la bóveda seria escaso. Los estantes repletos de libros ocupaban todas las paredes, y en el centro de la sala había numerosas mesas pesadas. La esquina contraria a la que habían usado para acceder estaba completamente cubierta de telarañas, muy densas, casi formando un capullo. Los muchachos sospechaban que ahí debería refugiarse una araña de buen tamaño, ya que eran bastante típicas de los lugares como este. Mientras Nori y Lancia trataban de echar un vistazo a los libros, Yamu, Frank y Harry se sintieron tan aliviados como defraudados cuando destrozaron las telarañas sin encontrar mas que arañas grandes, si, pero no gigantes. En su lugar descubrieron una puerta abierta, y un pasillo también cubierto de telarañas. Quizás la reina de todas ellas estaba al final de ese pasillo.

Lancia y Nori llamaron a Yamu. Ellos no eran capaces de entender una palabra de lo que ponía en los libros, pero ya estaban aprendiendo a identificar el Arisazi escrito. Sabían que las letras se pondrían a bailar y responderían a la proximidad de Yamu, y así fue. Instintivamente, y sintiendo un ligero mareo cada vez mayor, Yamu confirmó que no solo se trataban de libros Arisazi, sino que en ellos parecían explicarse técnicas y conocimientos aplicados de la cultura Arisazi: todos estos libros eran tratados de metalurgia, física, química, agricultura, escritura, poesía, música…parecía como si alguien hubiera hecho acopio de toda la sabiduría que pudiera y la hubiera puesto a salvo bajo tierra. Recordaron que el viejo Somak, en su historia, contó que los Hombres de las estrellas les encargaron vigilar el templo, con la esperanza de que algún día alguien, algún elegido, volviera para que la cultura Arisazi renaciera. Quizás era a esto a lo que se referían.

Sabiendo lo importantes que estos libros eran, a Lancia se le ocurrió cargar todos los que pudieran en el arcón, aquellos que les parecieran mas interesantes y útiles a sus ojos, y tratar de salvar los libros de los estantes mas bajos, apilándolos en las mesas para evitar que el agua que poco a poco iba a subir de nivel los destrozara. A todos les pareció una buenísima idea y cada uno, pidiendo consulta siempre a Yamu, eligió los libros que a su parecer pudieran ser mas útiles, mientras apilaban el resto en los estante mas altos y en las mesas una vez se lleno su bendito cofre mágico. Sabían que tarde o temprano el agua cubriría el subterráneo, pero ahora sabían que debían dar parte a la Marquesa de su hallazgo: Desde el terremoto que provocó la filtración habían pasado semanas, y ellos solo habían tardado 3 días en llegar aquí, y además sin saber hacia donde iban. Nori calculo que montar una nueva expedición y dirigirse directamente a este punto no les podría llevar a Carabás más de una semana, y por ese entonces el agua no habría subido mucho. Si ellos eran capaces de volver, el conocimiento Arisazi estaría a salvo y en manos del Marquesado.

 

Con la satisfacción del deber cumplido, ahora evidente en los rostros de los muchachos, quedaba la parte personal, la curiosidad. Quizás no había motivo para adentrarse mas en las ruinas, parecía que tenían todo lo que venían a buscar, pero… ¿Qué pasaba con los demás habitantes del refugio? además, ese monstruo metálico que había acabado con el líder de los Hermanos parecía venir directamente de este lugar… ¿habría estado viviendo aquí…o aparcado aquí? Ninguno de los muchachos, ni siquiera Frank, parecía dispuesto a subir sin tener más respuestas. Y el pasillo repleto de telarañas parecía tenerlas todas.

 

Avanzaron por el pasillo muy poco, destrozando telarañas, hasta que encontraron una puerta derribada en uno de los lados. El pasillo continuaba hasta unas escaleras que bajaban más aún, pero la sala que estaban dejando de lado parecía importante. Parecía una especie de taller de metalurgia, con algunas forjas muy avanzadas, y repleta de bancos de trabajo. Nori y Yamu se agenciaron algunas herramientas de muy buena calidad que estaban en perfecto estado, mientras todos revisaban la maquinaria pesada de la sala, que incluía dos enormes golems muy similares a los encontrados en el subterráneo cerca de Al-Bassid. Tan similares que a Lancia se le ocurrió que quizás Yamu pudiera hacerlos funcionar igual que a su compañero del Jerifato, pero estos no parecían moverse de ninguna forma, por mucho que Yamu los tocara y ordenara. No parecían dañados, pero estaban inertes. Al fondo de la sala había un montón de objetos muy útiles que se afanaron en recuperar, y entre los que se encontraban numerosas piezas de joyería de estilo Arisazi, muy características, que hicieron las delicias de Lancia. Y también había una puerta entreabierta, de la que salían sonidos guturales, propios de los cadáveres animados Arisazi. Decidieron entrar antes de que los muertos salieran, y atacaron sin esperar a descubrir si eran o no hostiles. No hacia falta preguntar, ya que eran, efectivamente, un par de liches Arisazi como los que habían encontrado hasta el momento. Parecían estar rebuscando entre lo que parecían 6 mesas de escribanos, revolviendo libros y papiros. Los chicos trataron de llevar el combate a la sala más amplia, para evitar dañar los libros. Lancia lanzó con tal fuerza uno de sus chakram que lo destrozó literalmente contra el pecho de un desafortunado liche. El restante cadáver luchador fue atraído al taller contiguo, en donde fue derrotado sin más problemas.

Ya había acabado con cuatro antiguos habitantes del subterráneo, pero no sabia que había sido de los otros dos…pero iban a descubrirlo pronto. En uno de los pupitres de los escribanos había una especie de diario, escrito en Arisazi, que Yamu pudo traducir a duras penas.

En este libro se contaba, a modo de introducción, la historia reciente de los Arisazi. Se contaba como su raza había llegado desde las estrellas en una especie de barcos celestiales, huyendo de los estragos de la guerra contra las esfinges,  y de que al llegar se encontraron que los Valar, unas criaturas terriblemente poderosas, eran adorados como dioses en este mundo. El orgullo de los Arisazi era tal que trataron de entablar amistad con los que suponían iguales a ellos, estos Valar o dioses, pero fueron rechazados. No se dejaba muy claro si fue por despecho o como forma de superarse, pero los más poderosos Arisazi, los siete mayores, idearon una forma de purificarse para poder ascender como dioses, separando su esencia maligna de ellos. No se cuenta muy bien el ritual de la ascensión, pero en el libro se cuenta como este efecto empezó a afectar a toda la especie sin que nadie pudiera evitarlo, de forma que la “ascensión” se propagó como una enfermedad. Los Arisazis menores que eran afectados por el ritual, al no estar preparados para ello, sufrían terribles cambios: su cuerpo, su entidad, era dividida en dos partes, una totalmente malvada y otra totalmente buena. En el peor de los casos, la locura afectaba a ambos seres resultantes y se convertían es bestias salvajes, o entidades vagabundas inertes. En el mejor de los casos, conservarían su cordura, pero estarían abocados a convivir con la mas pura maldad interior, liberada y acechándolos para siempre. Antes este hecho, y previendo que esta especie de Apocalipsis acabaría afectando a todos los Arisazi, muchos colectivos empezaron a trabajar en soluciones. Unos, los mas preparados y posiblemente egoístas, trataban de ascender por su cuenta de forma voluntario, al creerse suficientemente preparados. Otros trataban de adiestrar a la mayor parte posible de población para prepararles para resistir la separación y aprender a escapar a su parte negativa liberada. Otros planeaban formas de saltar en el tiempo o en el espacio para evitar el momento exacto del cambio, y no ser afectados por este. Pero al parecer, el autor del libro formaba parte de otro colectivo que planeaba una especie de Arca de salvación: Encontraron en las selvas una primitiva raza, los elfos, que si bien era torpe y burda, tenía cierto parecido genético con los Arisazi. Siendo posible la hibridación de las razas, trataron de esconder su legado genético en la descendencia que tuvieron con estos seres, confiando que la ascensión no afectaría a su prole y su legado genético no se perdiera. Así mismo, enseñaron a estos seres sus secretos y sus técnicas, al tiempo que construyeron una especie de refugio para ellos mismos, en el que se refugiarían de la ascensión gracias a una barrera mágica impenetrable. Confiaban en que la barrera aguantara, y ellos permanecerían encerrados hasta que alguien abriera la barrera, alguien que solo podría ser una Arisazi superviviente. Y si eso no ocurría mientras ellos estuvieran vivos, guardarían en dicho refugio todos los conocimientos que pudieran, para que en el momento adecuado la grandeza Arisazi volviera al mundo.

Después el libro se torna una bitácora de la estancia de los habitantes en el refugio. Al parecer eran 7 los que entraron, no 6 como parecían indicar todo. Sus nombres eran Siena, Doreum, Lisiana, Serep, Dosala, el escritor Seteseo y por último Ladiur “el inmortal”. Lo primero que se cuenta es que el llamado Ladiur “el inmortal” debía morir al entrar al refugio, cosa que al parecer no le importaba pues había vivido mucho. Se cuenta que Ladiur estaba muy enfermo y consiguió colocar su consciencia en un cuerpo mecánico artificial, con lo que técnicamente se había vuelto inmortal, pero si bajaba al subterráneo, la barrera antimagia drenaría su energía y él moriría. Como la opción era no entrar y sucumbir a la ascensión,  él propio Ladius creyó que su momento había llegado, habiendo superado con creces su esperanza de vida oficial. Pasaron los meses sin mucho que contar, hasta que parece ser que una entrada explica que la barrera no parece tan efectiva como habían pensado: los compañeros empezaban a sufrir cambios, y dos de ellos murieron repentinamente, supuestamente a causa de la Ascensión. Fueron enterrados en las criptas e sarcófagos de kregora, un material impermeable a la magia, como protección adicional.

En la última entrada de la bitácora, Seteseo cuenta como empieza a notar él mismo los efectos de la Ascensión y avisa de que no sabe cuanto mas podrá escribir…

 

El destino de los refugiados Arisazi parecía claro. Dos de ellos murieron, el resto se convirtieron en los seres que habían aniquilado… ¿Era Ladius, el inmortal, el ser que habían visto acabar con el líder de los Hermanos? Era muy posible. Pocas incógnitas quedaban por desvelar, y ahora estaban seguros de que la escalera repleta de telarañas bajaba a las criptas…

 

A nadie le gustaban las telarañas. Casi todos, a excepción de Nori, debían de ir agachados porque el techo estaba literalmente cubierto. El agua caía en cascadas por los escalones, y era de suponer que en la parte de abajo el agua cubriría mucho más. Allí es donde se reirían de Nori lo mismo que él estaba riéndose de ellos ahora. Pero las risas duraron poco, pues Nori vio algo moverse entre las telarañas, y dos gigantescas de ellas bajaron directamente sobre Yamu y Frank. Las arañas eran rápidas y escurridizas, y tenían la ventaja de las telarañas, que usaban para esconderse y desplazarse con rapidez desde una posición elevada. Eso si, los disparos de Nori frustraban todos sus ataques e intentos de emboscada, hasta que una de ellas cayó. La otra araña, viéndose derrotada y muy malherida, huyó escaleras arriba. Cuando se aseguraron de que no parecía volver, decidieron quemar las telarañas con mucho cuidado, para evitar otro posible ataque sorpresa y bajaron a las criptas.

 

Efectivamente, allí estaban las tumbas: 6 sarcófagos de piedra, 4 de ellos vacíos y 2 cerrados y cubiertos de cadenas de kregora. Decidieron no abrirlos, pues podría provocar que los cadáveres se levantaran. En el fondo de la cripta había lo que parecía una enorme armadura, y justo enfrente de ella, en un pedestal, una urna con el nombre de “Ladius” en Arisazi. Esa armadura, que en realidad debía ser el cuerpo autónomo de Ladius, era terriblemente similar al ser que atacó a los Hermanos en la ciénaga, pero sin los pinchos, cuchillas ni calaveras. Quizás lo que vieron fue realmente el reflejo oscuro de Ladius, afectado por la Ascensión. Tras comprobar que, efectivamente, la urna funeraria de Ladius estaba vacía, y que ya no había ningún peligro más, rescataron del agua que empezaba a subir los objetos de los muertos que habían guardado aquí. Frank consiguió un curiosísimo arco que parecía estar construido con materiales orgánicos, huesos y pelos. A Lancia le hizo gracia que su arco pudiera haber sido un ser vivo en algún momento y le invitó a ponerle nombre, como si de una mascota se tratase. Ella por su parte consiguió un precioso peina mágico, que evitaba los enredos en el pelo, muy útil para una aventurera coqueta, y un collar de cuero bastante provocativo que parecía ejercer un poder sobre la voluntad de las mentes inferiores…ideal para una chica que ya de por si era bastante persuasiva.

 

Al salir del subterráneo no se encontraron con la famosa araña, que estaría curándose de sus heridas, y que al parecer era el único peligro que dejaban suelto allí abajo. En el campamento estaban todos durmiendo, aunque podían escuchar las quejas y gemidos de los hombres de Shield, afectados por alucinación y sueños extraños. Decidieron descansar esa noche y salir temprano, con todos los miembros de la expedición ya descansados, hacia la querida patria de Carabás.

 

El día siguiente amaneció siendo un día terrible. La lluvia azotaba la selva, y la tormenta verde parecía haberse hecho aun mayor, y continuaba parecer emerger del centro de la ciénaga. Recogieron sus bártulos tras comprobar que tanto Shield como sus hombres estaban ya recuperados y se dirigieron hacia el lago Bolazul para desandar el camino. En cuanto llegaron al lago Bolazul, vieron como al menos unos 50 Hijos de las estrellas estaban acampados a su alrededor. El viejo Somak y el joven Narii parecían estar al cargo del pueblo allí reunido y se alegraron de forma muy efusiva cunado vieron a los que ya denominaban sus salvadores. Según les explicaron de forma entrecortada y muy excitados, todos ellos habían perdido la extraña capacidad de sentir a su “hermano” y el viejo Somak, el que era capaz de incluso ver a través de los sentidos de su “hermano”, también había perdido ese vinculo. Estaban seguros de que, hubieran hecho lo que hubieran hecho, la maldición que pesaba sobre ellos había terminado. Eran libres y ya no tenían que tener miedo a reunirse ni a encontrase con nadie. Pero cuando Somak contó al pueblo la historia de los Hombres de las estrellas, como denominaba a Yamu y sus compañeros, y que venían de la ciudad sagrada de Carabás, todos decidieron que debían unirse y pedirles que les llevaran con ellos a ese paraíso, creyéndose merecedores de ese privilegio por haber cumplido bien su cometido. Yamu estaba muy confuso, pues todo el mundo parecía dirigirse a él como a una especie de líder espiritual, casi un Mesías, pero aceptó llevarles a Carabás si ese era su deseo. Locos de alegría, Somak informó a su pueblo de la decisión, y rápidamente la gente empezó a hacer acopio de lo poco que poseían para iniciar el viaje. Justo entonces a los muchachos se les ocurrió que, dado que iban a ser muchos los que ahora volvieran a la Ciudad de Carabás, bien podrían volver al templo con unos cuantos de los jóvenes Hijos de las Estrellas y cargar el resto de libros que no habían podido recoger. Yamu pidió ayuda a Somak, y estaba claro que el pueblo de los Hijos de las Estrellas estaba mas que dispuesto a seguir ayudando a sus retornados lideres, personificados en el propio Yamu. Frank y Yamu dirigieron a un selecto grupo de estos jóvenes y dejaron descansando al resto a las orillas del lago, con la promesa de volver lo antes posible.

William aprovechó el descanso forzado y la ausencia de los dos agentes de la ley para hablar en privado con Lancia y Nori. Por algún motivo parecía fiarse muchísimo de ellos, y les contó que a pesar de saber que estaban buscando uno de los medallones de la Centuria Argentea, y les interesaría mucho tenerlo, el no podría darles el suyo porque lo había perdido hace poco por el camino. La forma en la que miró a Lancia dejo claro que no lo había perdido de forma involuntaria, y que quizás no quisiera recuperarlo. Estaba claro que había urdido una situación en la que podría entregarles el medallón a los chicos, pero sin que nadie pudiera hurgar en su cabeza y encontrar que, efectivamente, se lo había entregado: él había perdido su medallón, y posiblemente Nori lo encontró de forma casual y se lo quedó para él.

Nori se ofreció a buscarlo mientras la gente se preparaba para marchar, y mientras Lancia entretenía a los mas pequeños Hijos de las estrellas con malabares y algunos trucos de magia sencillos que había aprendidos de los prestidigitadores callejeros. A Nori no le pareció difícil encontrar el medallón, pues estaba colgado bien a la vista en unos matorrales…pensó que William era bastante torpe y tonto para perderlo.

Cuando volvió al campamento, Lancia vio en Nori la intención real de devolverle el medallón a Shield, y se echó las manos a la cabeza. Llevándose al enano a un lado, le explicó la situación, mientras se asombraba del buen corazón que el enano poseía a pesar de su apariencia chulesca y prepotente. Estaba claro que para Nori, lo primero era la confianza. Pero cuando Lancia le dejó claro que en realidad William quería que se quedara el medallón, lo guardó en secreto y le guiñó un ojo a Lancia en señal de complicidad.

 

El camino hasta la ciudad de Carabás fue mas duro de lo que pensaban. La tormenta arreciaba cada vez más, y tenían niños y ancianos entre los refugiados, con lo que el avance era lento. Pero lo peor de todo fue lo que vieron cuando llegaron a Carabás: La ciudad entera estaba siendo azotada por una terrible ventisca, y una nube espiral verde se arremolinaba a gran velocidad sobre la torre del palacio, cubriendo toda la ciudad.

 

Apretando el paso, la expedición atravesó la puerta del sur hacia el distrito de los enanos.

 

Estaba claro que algo rarísimo estaba pasando, incluso para una ciudad tan peculiar como la de Carabás.

 

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