Un viaje inesperado: Parte 8 – Una noche en la ópera

on 8 agosto, 2014 in Sesiones de juego

Dado

A pesar de que Niels estaba inconsciente y aparentemente libre de la posesión que le afectaba, y de que Magnus continuaba bajo el embrujo de Lancia (aunque ya era evidente que Magnus iba a continuar confiando en Lancia mas allá del hechizo), el resto de bandidos aún les perseguía y estaban a punto de llegar a lo alto de la torre. El propio Magnus, cojeando, se ofreció a tratar con ellos, seguro de que iban a respetar su decisión de líder.

En cuanto el falso ejercito de bandidos llegó a la puerta de la torre, Magnus les explicó que el mal que afectaba a Niels había sido revocado, enseñando el cuerpo inconsciente de su hermano para apoyar la verdad. Aún así, los bandidos estaban en una situación delicada, pues sin el apoyo de la magia de Niels no tardarían en ser capturados. Magnus llegó a un acuerdo con los jóvenes héroes, entregándose él mismo a cambio de liberar a todos sus hombres.

Dado que la mayoría de los causantes de los estragos habían sido asesinados por el propio Niels, y la mayoría de los que ahora integraban el ejercito eran aspirantes novatos y criminales de poca monta, Lancia no solo aceptó el trato sino que reunió a los veteranos supervivientes y les instigó a empezar una nueva vida. Aprovechando su forma diabólica, les amenazó con volver a buscarles si volvían a las andadas del mundo criminal, y para ayudarles les regalo un par de monedas de oro a cada uno. Los bandidos, confundidos entre la visión terrorífica de una diablesa que les amenazaba y al mismo tiempo se compadecía de ellos, aceptaron las monedas y se marcharon, con las leyendas de los demonios del acero resurgiendo en sus cabezas y con la intención de no provocar su regreso si estaba en sus manos. Solo uno de ellos consiguió reunir suficiente valor para acercarse a Lancia, con la cabeza gacha, para pedirle por favor si le podía devolver su mascota. El hombre señalaba el pato que Lancia sujetaba en brazos. Lancia le preguntó si se lo iba  a comer o si iba a cuidarlo, a lo que el hombre le respondió que era su mascota y le hacia compañía desde hace mucho tiempo, y nunca se le ocurriría hacerle daño. Con un poco de pena por separarse de su nuevo amigo, pero con mucha alegría por que se reunía con su compañero, Lancia entregó el pato a su dueño y los bandidos se marcharon. Mientras caminaban se oían algunos gritos de agradecimiento a Lancia y Magnus, vertidos desde el anonimato de la turba, por si acaso. En cuanto los bandidos se fueron, Lancia volvió a cambiar de forma a la suya habitual, en un abrir y cerrar de ojos y en mitad de un fulgor de fuego que pareció consumirla desde los pies a la cabeza. Incluso hizo un sonido similar al que se escucha en los trucos de los magos charlatanes. ¡Pooof!

 

Tras haber solucionado el tema de los bandidos, Lancia y Magnus llevaron al dormido Niels a su cama mientras Frank, Nori y el extraño Yamu revisaban el castillo para recuperar lo que se pudiera. Ahora que los bandidos iban a abandonar la fortaleza y la magia de Niels y su posesión ya no la iba a mantener, no se iba a mantener en pie durante mucho tiempo. Mientras revisaban el castillo, uberYamu no dejaba de protestar por todo y esgrimir discursos de grandeza y superioridad, mientras Nori y Frank aguantaban el chaparrón. De repente y sin previo aviso, überYamu volvió a cambiar y un muy confundido Yamu regresó de donde fuera que había ido. Nori y Frank le dieron unas más bien escuetas explicaciones y Yamu contestó contándoles en donde había estado: Lo único que recordaba era que despertó en un lugar extraño, oscuro y tenebroso. Tenía la sensación de estar viviendo una pesadilla, y de que alguien le perseguía. Y recordaba vagamente que notaba la cercanía de Nori y Lancia. Lo último que recordaba era que, sin querer, empezó a correr como un loco, como huyendo, sobre lo que parecía una calzada empedrada…y ahora había despertado aquí.

 

Tras las pocas aclaraciones, guardaron el poco botín que habían conseguido y se reunieron con Lancia y Magnus en la habitación donde Niels estaba descansando. Lo lógico era que hubieran esperado a que Niels despertara, pero todos tenían muchas ganas de largarse de la fortaleza infernal. No querían pasar la noche allí, y además, seria mejor que Niels estuviera lo más lejos posible del volcán en cuanto despertara, por si la extraña presencia volvía a encontrarle. Mientras Lancia, Frank y Magnus discutían la mejor forma de transportar a Niels, Yamu y Nori discutían sobre un extraño brebaje que contenía una de las botellas que habían saqueado. Convencido de que debía tratarse de algún tipo de licor, por su color marrón turbio, Yamu le hecho un buen trago…y cayo dormido casi al instante. Nori, burlándose de lo flojo que Yamu había sido a pesar de ser un elfo, probó también el extraño brebaje en un acto de bravuconería que terminó de la misma forma. Por mucho que Lancia y Frank lo intentaron, tanto Yamu como Nori no se despertaban, pero al menos parecían felices y en buenas condiciones. Cargaron las cajas que habían rescatado y los cuerpos dormidos de Yamu, Nori y Niels en uno de los carromatos que los bandidos habían dejado en su huida. El propio Magnus conducía el carro hacia Lurenia, en donde se supone que Harry les esperaba con los prisioneros que habían rescatado.

 

Con Nori y Yamu profundamente dormidos y con cara de estar soñando con los angelitos, y Magnus concentrado en el manejo del carromato, Lancia y Frank vieron la ocasión de hablar seriamente de lo que había pasado. Lancia le recriminó a Frank que este hubiera atacado a Niels cuando Yamu lo dejo paralizado, ya que esa actitud le pareció muy violenta. Frank trató de defenderse, explicándole a Lancia que Niels solo estaba paralizado, pero aún podía ser peligroso. Admitió que tenia miedo de Niels, y Lancia le dijo que ella también, pero en otro aspecto. Al parecer, lo mismo que afecto a Niels parece haber afectado a ellos mismos, a Lancia misma. Frank se dio cuenta de lo que Lancia trataba de decir y admitió que debía haber pensado mejor lo que había hecho. Es verdad que Lancia también había cambiado, y le juró que a ella no la habría atacado. Lancia se sorprendió al sentir que las disculpas de Frank parecían ser sinceras. No era muy buena distinguiendo las mentiras de las verdades, pero en el caso de Frank era muy posible que no las supiera distinguir porque hasta el momento no había dicho ninguna. Sea como fuera, Lancia le confesó, algo sonrojada, que se alegraba de que Frank estuviera de su lado. Frank, tratando de parecer algo mas duro después de un momento de debilidad, le dijo que seria mejor mantener el asunto de las transformaciones en secreto, y que no se lo contaría a nadie. Lancia, mostrando de nuevo un alarde de ingenuidad, le confesó a Frank que confiaba en él, a lo que Frank le contestó que seria mejor que no lo hiciera. Aún así, Lancia no dejó de sonreír. Magnus, desde el asiento del conductor, no pudo esconder una pequeña risilla picara. Y Frank trataba de esconder una sonrisa que no pegaba en absoluto con todo lo que había dicho.

 

El extraño grupo llegó a Lurenia bien entrada la noche. Los guardias que estaban apostados desde el fallido asalto los vieron llegar y una gran comitiva los recibió en la plaza del pueblo. Harry se aseguró de que todos, en especial Lancia, estuvieran bien, y preguntó como había ido todo. Presentaron a Magnus y a Niels tanto como los causantes como las victimas de todo este turbio asunto, y aseguraron a Oskar, el líder del pueblo, que el asunto estaba zanjado. El ejército falso de Jack se había disuelto y los ataques indiscriminados cesarían. Muy agradecidos, les cedieron algunas camas para que pudieran descansar.

 

Al día siguiente Nori y Yamu se sentían de lo más rejuvenecidos. El sueño había sido más que reparador y se encontraban mejor que nunca. Esto fue un alivio sobretodo para Yamu, que había vivido un tiovivo de emociones y situaciones muy poco habituales. Pero ahora veía las cosas desde otro punto de vista. Mientras viajaban de nuevo hacia la Universidad de Jack, Yamu, Nori y Lancia hablaron del tema de sus transformaciones y se calmaron unos a otros, al menos lo que pudieron. Yamu también notó un cierto cambio en la actitud de Frank.

 

Tardaron poco en llegar a la Universidad. Durante el camino Lancia aseguraba a Magnus que Niels estaría bien cuidado en la Universidad, que su intención seria que se quedara recluido allí para que los magos investigaran que era exactamente lo que le había ocurrido. Magnus quería quedarse con su hermano, pero nadie podía asegurar que a él le reclamaran las autoridades por sus crímenes. Aún así Lancia trataría de convencer a Jack. Niels se había despertado. Tras la noche de descanso y al alejarse cada vez más de la zona infernal, su cabeza iba recuperando la cordura. A veces continuaba hablando en plural refiriéndose a él mismo, a veces aún tenia la necesidad de acercarse hacia la zona maldita, pero los momentos de lucidez y de espanto eran cada vez mayores. En cuanto llegaron a la Universidad, la mayoría de los síntomas de locura remitieron.

 

El propio Lauritz les recibió de inmediato en cuanto entraron a los patios. Horas antes, la noche anterior, el Cabo Orton y sus soldados habían llegado con un grupo de bandidos capturados e informaron de que los héroes se habían encaminado a la fortaleza. Lauritz dedujo que, habiendo llegado en buen estado de salud, habían conseguido acabar con el problema. Los chicos le dijeron que si, pero que querían hablar inmediatamente con Jack. Lauritz se disculpó de inmediato y les hizo acompañar hasta los aposentos de Jack, que parecía ligeramente ansioso por hablar con ellos. Los jóvenes héroes mostraron su deseo de hablar con Jack en privado, y Jack hizo salir a Lauritz, instándole a que se preparara para salir de viaje con los chicos, cumpliendo su promesa. Lauritz, lejos de incomodarse porque le echaran de la sala, se alegró por poder abandonar por una temporada la Universidad y salió raudo a preparar su equipaje.

 

En la sala se quedaron Jack, los chicos, Magnus y Ehishinarita. Niels había sido llevado provisionalmente a la enfermería, y además, no decía escuchar según que cosas. Los chicos le explicaron a Jack lo sucedido, haciendo especial hincapié en la existencia de una entidad que de alguna forma había poseído y transformado a Niels, quien empezó a creer que era el propio Jack. Jack, de hecho, sospechaba de la existencia de esta entidad y les explicó que, de alguna forma, esa entidad vino a este mundo a buscarle a él. Jack, que sospechó de la existencia de esta entidad desde siempre, trató de evitarla a toda costa, y para que nadie se acercara nunca a ella creó la zona infernal, un lugar terriblemente hostil en el que nadie se adentraría voluntariamente. Mas tarde, con el fin de evitar que otros magos pudieran ser poseídos por esa entidad o similares, y sin saber de su naturaleza, el consejo de la Universidad tomo la decisión de expulsar a todos los que mostraran conductas malévolas o anómalas. Jack sospecha que al expulsar a Niels por atisbos de megalomanía, provocó en él un ansia de venganza que la entidad usó para atraerle hacia ella, a través de sus sueños e ideas en su cabeza. Ahora sabe que, en parte, el  problema había sido causado por su posible solución. Si Niels no hubiera salido de la Universidad es poco probable que esto hubiera pasado. Dada la situación, Lancia no tuvo problemas en convencer a Jack de que Magnus debía estar con su hermano, y que Niels debía de ser ayudado. Jack aceptó las condiciones sin problemas y juró que investigaría el caso de Niels y  le ayudaría en todo lo posible para que se recuperara. Lancia fue un paso más allá. Sin revelar nada acerca de sus extrañas transformaciones, le pidió a Jack que les mantuviera al corriente de todos los descubrimientos que hicieran acerca de Niels y la entidad. Jack también aceptó de buena gana mantener la comunicación con los jóvenes héroes, pero no sabia que medio usar para poder comunicarse rápidamente con ellos. Tras discutirlo un poco, las descabelladas ideas de Yamu sobre lechuzas mensajeras se mezclaron con las llamativas ideas de Lancia sobre plumas de colores, y al final Jack acabó por entregarles un llamativo loro que les miraba con una expresión de locura, estupefacción y curiosidad. A Lancia y a Yamu les encantó el regalo, al que llamaron Andrés sin casi discusión. El loro podía hablar sin problemas, frases cortas e inconexas, como cualquiera otro de su especia, pero además Jack podría hablar por su boca y escuchar por sus oídos. Lancia, que ya le estaba haciendo carantoñas y se había autoelegido la propietaria y cuidadora de Andrés, le preguntó si también podía ver por sus ojos. Jack admitió que si, con lo que Lancia anotó mentalmente que debía conseguir una mantita para la jaula de Andrés lo antes posible. Una señorita debe ser muy celosa de su intimidad.

 

Jack les agradeció la ayuda prestada, y les dijo que se encargaría de arreglar con las autoridades la custodia de Magnus y Niels. Lauritz ya estaba preparándose para acompañarles hasta Carabas para devolverles el favor y todo parecía solucionado. Antes de marcharse, Ehishinarita llamó a Lancia, apartándose del grupo. Manteniendo su aire altivo y altanero, la esfinge le deseo a Lancia la mayor de las suertes y, aunque estaba convencida de que su hija  nunca le haría caso y abandonaría Carabás, deseaba que Lancia le transmitiera a Nefer que su madre aún estaba preocupada por ella. Pero no mucho. Lo justo. Dejaba en manos de Lancia hacer comprender a su hija que su madre aún la quería, pero sin dar a entender que ella había ganado. Lancia no estaba muy segura de lo que Ehishinarita había dicho, pero estaba muy segura de lo que querría haber dicho, así que anotó mas bien esto último y le dijo que se encargaría de hacérselo saber a Nefer.

 

Solo quedaba hacer las maletas y empezar el camino de vuelta. Decidieron no descansar una noche más aquí. Si salían en cuanto Lauritz estuviera preparado, podrían hacer noche en Minas Tirith y ganar un día. Antes de pasar a preguntarle a Lauritz cuanto iba a tardar, pasaron por las celdas para solucionar el problema de los bandidos que atacaron Lurenia. A nadie le parecía justo que los bandidos de la fortaleza se fueran con dinero y estos acabaran en la cárcel, así que el propio Frank, emulando a Lancia (y según él mismo explicó después a los atónitos compañeros, en su nombre y para que ella no se gastara mas dinero) les entregó un puñado de monedas de su bolsillo y les hizo prometer que no se meterían en líos. Para su sorpresa, los agradecidos y arrepentidos bandidos saludaron agachando las cabezas tanto a Frank, como a Lancia que estaba varios metros atrás. Antes de que una risueña Lancia pudiera meterse con él, Frank le dijo de forma tajante y bastante seca que así su deuda estaba saldada. Si bien es cierto que Frank aun le debía 2 monedas de oro a Lancia, ella le dijo que por fin aceptaba el pago; con anterioridad Lancia había reñido a Frank por tratar de devolverle el dinero en metálico, porque no es propio de una dama aceptar dinero de un hombre. También había rechazado el pago en joyas, por que su significado era un pelin turbio; Sin embargo, Lancia le hizo saber a Frank que estaba orgullosa de él por haberle pagado el dinero en forma de buenas acciones.

 

Poco a poco se iban dejando cerrados los cabos sueltos. Frank y Yamu ayudaron a Lauritz a cargar el carromato, que estaba llenándose de trastos raros de alquimista, matraces, tubos metálicos y demás cachivaches, además de un montón de libros. Solo le estaba ayudando Harry, que se quejaba siempre que podía de su hombro, en el que llevaba un exagerado vendaje. Siempre que pasaba una chica, además, mostraba su también exagerado vendaje en el pecho y les contaba su espectacular actuación en el combate. En cuanto Lancia apareció, Yamu y Frank se quedaron solos cargando cajas. Harry trató de no utilizar el truco de sus heridas con Lancia, más que nada porque ella sabia como se las había hecho de sobra. Lancia le pregunto si no estaba escarmentado de la vida de aventurero, pero Harry no solo no había escarmentado sino que, como había adivinado ya Nori por su expresión, Harry había decidido irse de la Universidad y acompañar al profesor Mathiassen en su viaje a Carabás. Lo hacia mas que nada para seguir estudiando, ver mundo y ver las hermosas chicas de Carabas. Lancia le dijo que tenía muchas amigas, y muy guapas… aunque hay que reconocer que a Harry le bastaba con que en Carabas solo estuviera Lancia. Tras la charla, animo a todos a que ayudaran a cargar el carro, y preparó unas bebidas refrescantes y algún tentempié. Mientras, Lauritz les iba contando que estaba bastante seguro de como podía resolver el problema de los fenómenos de Carabas.

 

Mientras cargaban las cajas, el profesor Mathiassen les explicó que los fenómenos mágicos que tenían lugar en Carabas, o bien eran consecuencia de un exceso de magia, o bien eran la causa de crear un exceso de magia residual. Analizando el mineral que trajeron, la Siderita, descubrió que este tenía una extraña propiedad que él pasó a denominar fosforescencia mágica: La Siderita es capaz de absorber una gran cantidad de magia, y de emitirla a menor intensidad durante mucho más tiempo, hasta vaciarse. El problema es si antes de vaciarse continúa recibiendo magia. Entonces la cantidad de radiación fosforescente va aumentando cada vez mas, hasta que los niveles puedan llegar a causar fenómenos como los que se describen en la ciudad. Lancia y Yamu pensaron enseguida que la solución seria bloquear esa magia, y Lauritz asintió: Su plan seria colocar varios núcleos de Kregora para anular tanto la magia como la radiación. A Lancia le preocupaba que Carabás perdiera su magia, a lo que Lauritz le contestó que para eso debía hacer los cálculos, y ajustar la cantidad de bloqueo. Frank, un poco más paranoico, le informó que la Kregora es muy cara, y podría robarse con facilidad. Lauritz dijo que podrían camuflarla y justo cuando iba a decir en donde, Nori se le adelanto, como sabiendo lo que iba a decir, y aconsejó que se camuflaran en farolas. Además, así podrían usar parte de la radiación que debían eliminar para emitir luz y quedaría muy bonito y nada sospechoso. Lauritz se asombró porque pensaba que su idea había sido original, y sin embargo los jóvenes héroes se habían anticipado a todas las conclusiones a las que había llegado. Sin duda, estos chicos tenían algo especial.

 

Con todo cargado en el carromato, Lauritz lo condujo por el camino del este hacia Minas Tirith. Por el camino se disculpo por no haber avanzado mucho más en el estudio de sus auras, pero les dijo que no dejaría ese tema de lado. Los chicos no le metieron prisa. Después de todo estaban mas o menos tranquilos ahora que sospechaban lo que había pasado, y no les apetecía nada contarle a Lauritz el asunto de la transformación, al menos por ahora.

 

Lancia hizo parar a Lauritz en un pueblo a medio camino para dejar zanjado el último tema. Yamu y Frank redactaron un meticuloso y marcial informe contando los detalles que querían contar y dejando en secreto los que querían ocultar acerca del asunto de la fortaleza infernal, el ejército de Jack y los bandidos. En el informe explicaban que, como fuerza expedicionaria de Carabas, se habían visto obligados a hacerse cargo del asunto oficial de la investigación al encontrar a los investigadores originales muertos. Anotaron en el informe el lugar en donde enterraron a los cuerpos y concluyeron con la solución que habían dado al caso, cerrándolo. Lacraron el sobre junto con los documentos que cogieron de los cadáveres de los investigadores y se lo entregaron al alcalde del pueblo, con las órdenes de entregarlo a los primeros soldados u hombres oficiales de Rohan. El alcalde así lo prometió, seguro de que era un asunto diplomático muy importante, con la esperanza de poder contar a sus nietos su participación en algún evento importante próximo. Tras la breve parada, siguieron el camino, cada vez con menor equipaje.

 

Llegaron a la ciudad de plata a media tarde, justo a tiempo para poder pasar a la zona alta sin problemas. Todos recordaron que William Shield les dijo que les encontraría si volvían a Minas Tirith, pero a Lancia se le daba bien preguntar por las calles. Ya era la segunda vez que venia a Minas Tirith, pero recordaba algunas caras y se había dejado ver por los sitios importantes, con lo que tras contratar unas habitaciones en la posada que ya conocían, no tardó en encontrar a un par de chicos que habían visto a un hombre que encajaba en la descripción en la taberna de “El Perro sin Cabeza”. Para tranquilidad de todos, en cuanto llegaron a la taberna se dieron cuenta de que el nombre era debido a que al cartel anunciador de la taberna que colgaba en la puerta, con forma de perro de perfil, le faltaba la cabeza. Dentro de la taberna encontraron sin problemas a un sorprendido William, que  les saludo y se disculpo por que normalmente solía esconder mejor sus huellas.  Les hizo algunas preguntas educadas sobre lo que habían estado haciendo en su ausencia, sin muchas esperanzas de escuchar la verdad. Sin embargo, durante la charla, los chicos le contaron que en realidad habían venido a buscar la ayuda de un experto para resolver un problema de la Marquesa, y le presentaron a Lauritz y Harry. Tras una alegre charla y una temprana cena, Lancia, llevada por el buen rollo general, preguntó a William que se hacia aquí para divertirse. Este le contesto que sabia de varios sitios para pasarlo bien, pero pocos o ninguno aptos para una señorita con clase. Un pelin ofendida, Lancia le aclaro que lo que quería eran diversiones más cultas, como el teatro. William dijo que todas las noches había representación en la Opera, y ahora había escuchado que la que estaban representando era muy buena. Se llamaba “La Caída de Denetor” y la gente decía que se lo pasaba bien, aunque no entendían nada de lo que cantaban. Lancia estaba emocionada, y William confesó que nunca hubiera ido él solo a verla, pero siempre había tenido curiosidad. La única negativa, aparentemente, era la de Frank. Nori estaba ilusionado con la idea, como con cualquier idea que le haga probar nuevas formas de vida diletante. A Yamu no parecía importarle, porque se supone que era una de esas cosas que hacen los nobles y también sentía curiosidad. A Lauritz le gustaría asistir a tal evento artístico y Harry quería ir porque tenia entendido que las damas asistían con unos corsés muy apretados. Fuera como fuera, Lancia animo a todos a asistir, pero avisó que debían de ir vestidos de gala para la ocasión. Yamu preguntó si podría ir con un uniforme militar, a lo que Lancia le contesto que los generales de avanzada edad van incluso con sable. Emocionado con la idea, se despidió del grupo para completar su “traje de gala”, quedando con todos en la puerta del teatro de la opera en unas horas. William no tenía nada de gala que ponerse, pero se vestiría lo más aseado que pudiera. Lo mismo harían Lauritz y Harry. Mientras Lancia y Nori discutían sobre sus nuevos modelos, Frank trazó una artimaña para tratar de poner en evidencia y en ridículo a sus compañeros. Siguiendo los pocos consejos que Yamu le había dado antes de marcharse corriendo al barrio de los artesanos, y los muchos consejos de Nori sobre una moda un tanto atrevida y ostentosa, Frank trató de exagerar en exceso los cánones admitidos para asistir a estos eventos. El resultado realmente era ridículo e hilarante, pero no de la forma que quería. Su exceso de polvos de maquillaje pálido, lunar falso, peluca con tirabuzones, chorreras y modales amanerados le daban un aspecto francamente irrisorio. Sin embargo, nadie le quiso quitar la ilusión, o simplemente le dejaron hacer para reírse un poco más. Nori se puso unas buenas galas y se peino el pelo hacia atrás. Con su estilo y su tez morena, mas que un noble parecía un sospechoso hombre de negocios… otra vez. Lancia encarnaba la elegancia con su traje de raso con volantes, pero notaba que algo le faltaba. Sin embargo había otras cosas por las que preocuparse: Se hacia la hora del espectáculo y Yamu aún no había aparecido.

 

Lo que Yamu estaba haciendo era ni más ni menos que una estrella. Pero no una cualquiera, no. quería una medalla de esas que llevan los generales colgadas en el cuello, bien grande, de oro. Y también quería un sable para llevar en el uniforme. Como sabia que era difícil encontrar la estrella que quería, decidió hacerla él mismo. Era bastante diestro en la herrería, y un trabajo así no le resultaría difícil. Al mismo herrero a quien le compró el sable (uno bien caro y adornado, por supuesto) le alquiló la fraga y las herramientas para el trabajo. Tardó mas de lo esperado, y si no hubiera sido por que Lancia le encontró preguntando por las calles, podía haberse perdido el espectáculo. Bien ataviado con su falso uniforme de general, y tratando de no reírse en exceso de Frank, llegó a tiempo al teatro. Un fornido pero elegante portero les detuvo amablemente en la puerta. Analizó rápidamente al grupo pero, antes de que dijera nada, Lancia le pidió entradas de palco, de las más caras, para todos. Aún así, el portero dejó pasar tranquilamente a Nori, Lancia, William e incluso Lauritz y Harry, pero mostró su desconfianza con los dos soldados. No reconocía el uniforme ni los galones de Yamu, quien le aseguro que era un general anciano de Carabás. No parecía muy convincente, pero estaba claro que su sable no iba a matar a nadie porque era más decorativo que punzante, y además, era un elfo. Bien podría tener centenares de años. Pero de Frank, aparte del  llamativo y estrafalario aspecto que no dejaba de defender, manteniendo que ese era el aspecto que todo el mundo llevaba a la opera, lo que mas le molestaba era que estaba armado. Era evidente que trataba de esconder dos puñales en las mangas repletas de volantes. A regañadientes, y porque Lancia no hacia mas que criticarle, dejó los puñales en el vestíbulo, pero protestó diciendo que era una practica muy habitual tratar de matar a la gente en los teatros, y solo las llevaba como defensa personal. Mientras el portero les entregaba los libretos, Lancia cayó en la cuenta de que lo que le faltaba era un abanico. El portero, muy atento, le regaló uno de los que tenían en el propio teatro, por si a alguna dama se le olvidaba una prenda tan importante. Mientras Lancia practicaba el arte del lenguaje del abanico, un chaval vestido como un duque les acompañó hasta su palco y se quedó allí, firme. Ante el asombró de los demás, Lancia les explicó que el palco era tan caro porque el chico les haría de camarero y podían pedir lo que quisieran durante el acto. Nori, ni corto ni perezoso, pidió un buen jerez y una tabla de quesos y pates para picar. Aunque al principio eran reacios, todos acabaron pidiendo bebidas de “finolis”…mas que nada porque parecía que en la opera no sabían lo que era la cerveza. El chico duque les había traído también anteojos ara ver mas de cerca el escenario, pero cada cual lo usaba  a su manera. A Lauritz me impresionaba la precisión y la claridad de la visión, así como los mecanismos que incluía. Frank los usaba para tratar de localizar a algún asesino, y de hecho le pareció ver a más de tres y a uno más que pareció que había conseguido su objetivo, para alarma más bien temporal de los asientos circundantes. Y Harry observaba desde lo alto los escotes de las damas, mientras las puntuaba: 7, 7,8… ¡9!

 

La función empezó y todos estuvieron atentos a la representación. Cantaban en Adunaico y Quenya, con lo que nadie parecía enterarse de lo que decían, pero los libretos tenían la letra traducida y era bastante fácil hacerse una idea del argumento. La obra crecía en intensidad y el público que había sobrevivido a los intentos de asesinatos, y los propios asesinos, aplaudieron con fervor cuando el cantante protagonista saltaba desde un trampolín a lo que se suponía que era el vacío, tras correr por todo el escenario envuelto en unas llamas falsas, que no eran mas que unas cintas de telas de colores.

 

A la salida de la sala todo el mundo opinaba lo impactante que había sido la obra, y los efectos especiales en particular. Pero Lancia estaba emocionada con la música y el canto. Tanto que, sin querer, empezó a cantar a todo pulmón. Y entonces fue como si algo mágico ocurriera. La gente de la calle se calló de repente y se giraron para ver de donde venia esa dulce y poderosa voz. Los amigos de Lancia dejaron de discutir sobre la altura real desde la que se había arrojado Denetor y el portero, con un esfuerzo sobrehumano, se repuso el impacto que le había causado la voz de la muchacha y entró corriendo hacia el interior del teatro. Lancia, ajena a todo esto, continuaba deleitando a todo el mundo con una dulce serenata, cantando de oídas una de las canciones del espectáculo. Un hombre de mediana edad, aunque mas bien un poco mayor que mediana, salio corriendo a trompicones del vestíbulo del teatro y corría llevando las manos al cielo y suspirando a cada gorgorito de Lancia. En cuanto lo vio acercarse por la calle de tal guisa, Frank esgrimió de inmediato sus recuperados cuchillos, pero los demás le detuvieron en cuanto se dieron cuenta de que parecía inofensivo.

 

El hombre se presentó como Leonard Silpen, director artístico de la compañía Absoluda. Sin muchos preámbulos, trató de convencer a una aturdida Lancia de que trabajara para él en las representaciones, ya que nunca antes había escuchado una voz igual. Estaba convencido que ni los mismísimos ángeles podrían nunca acercarse a sus registros, pero Lancia no parecía estar por la labor. Trató de convencer al hombre de que simplemente había sido un golpe de suerte, pero el señor Silpen no parecía atender a razones. Le ofreció mucho dinero por las representaciones y le aseguró que, además de cantar mejor que cualquier otra prima donna que había conocido, era como la mitad que cualquiera de ellas, y quedaría mejor en casi cualquier papel que se le ocurriera. Aturullada por tantos halagos y animada por sus compañeros, Lancia acompañó al señor Silben a su despacho. Como tenia cosas que hacer en estos momentos, y la compañía Absoluda tenia ya firmados varios compromisos, Lancia logró convencerle para que llevara sus espectáculos a Carabás, en  donde tenían un teatro de la opera y mucho público dispuesto, con la promesa de actuar para él en Carabás. Además de todo esto, Lancia le exigió quedarse con el vestuario, a lo que el señor Silpen le contestó con una rotunda afirmación, convencido de que sus vestidos no le valdrían a ninguna otra de sus cantantes.

 

Justo antes de firmar al final del contrato, Lancia puso una última condición: quería ser la creadora de una obra en la que actuaría. Leonard Silpen aceptó la condición, sin apenas oírla, con tal de que firmara.

 

Mientras el señor Silben se abrazaba a su papel firmado, Lancia ya pensaba en una preciosa historia de amor: quizás la de una bella bailarina de juguete que se enamora de un soldado cascarrabias…”El Cascarrabias” no sonaba tan mal, pero no sabia si seria el nombre mas acertado.

 

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